Atardecer

El bolsillo derecho de Ignacio palpita sin descanso. Ensimismado en la energía embriagante de esta sesión y en las risas compartidas con su equipo, su atención en la última hora había sido totalmente capturada por la dinámica de la novia con las azucenas y los mejores ángulos proporcionados por la luz del majestuoso jardín a la orilla de la playa que se presta como locación.

Necesitaba esta hora para gestionar la magia que le regalaba su pasión, además era obligatorio un ligero descanso de todos los planes de campaña y en especial de la seguridad aislante del grupo dedicado a su resguardo. No requirió mucho esfuerzo para que Augusto entendiese su posición sin discusión, ya que el argumento de Ignacio se sostenía firmemente, legalmente seguía no siendo posible en convertirse en el próximo primer esposo. A regañadientes, su amado candidato validó lo que necesitaba, liberarlo ese sábado de la carga de estar a su lado.

Veintidós llamadas perdidas se mostraban en la pantalla de su celular silenciado. Al ver tantas notificaciones, se sintió culpable de tomar la decisión de aceptar el llamado de aquella encantadora pareja del aeropuerto para retratarlos en su día soñado. Debido a los múltiples eventos incluidos en la carrera electoral, no podía aceptar el ofrecimiento de ser el responsable de capturar toda la felicidad del casamiento, pero a cambio le propuso a la novia que le permitiese tomarle una pequeña sesión antes de la ceremonia oficial. La novia delirante de la emoción, aceptó y programó su día en función de este acuerdo extendiendo a su vez una invitación para ambos a la recepción.

Ese momento parece inverosímil y lejano cuando angustiado, Ignacio revisó entre los ciento dieciocho mensajes desde que se desconectó a hacer su trabajo. Un escalofrío se posicionó en su nuca al ver el texto del jefe de seguridad indicando que no podían localizar a Augusto en los últimos cuarenta y cinco minutos y ni un solo mensaje de su compañero.

La conexión especial más allá de las palabras que tiene con Augusto le decía que todo estaba bien, pero el miedo tomó control de Ignacio ignorando el mensaje de su intuición. El terror de perder a su mejor amigo se anudaba en el pecho y una lágrima luchaba por no escaparse de sus ojos castaños. Buscó en su interior entereza, mientras miraba alrededor a su equipo organizar las piezas y despedirse del séquito de la novia en una atmosfera de alegría, sentimiento que él instantes atrás, había perdido. De pie y viendo alrededor sin saber qué hacer, la mirada periférica de Ignacio capta un caballero de ropa de ejercicio, ropa y lentes oscuros que ha estado rutinariamente trotando junto a ellos en un ida y vuelta aterradoramente regular. El atleta cambia delicadamente de rumbo y se dirige hacia él.

Ignacio cierra los ojos para tratar de borrar el momento turbio, a pesar de que pocos segundos que han pasado donde todo su ritmo cardiaco se ha visto alterado y las historias se mueven en cámara lenta, jugando con el horror de perder a su amado y de que el mismo puede ser atacado.

Un balón de voleibol choca con sus pies que lo obliga a volver a esta realidad y abrir los ojos. Un chico de torso desnudo viene en su búsqueda. Ignacio lo recoge y el joven llega a su encuentro con un gesto de agradecimiento le dice: Tranquilo, el modelo está en perfecto estado.

Sin darle tiempo de reaccionar, el chico vuelve al grupo de jugadores como si nada hubiese pasado. Ignacio claramente confundido siente un ligero alivio pero sigue sin entender que está pasando. Busca a la distancia al corredor sudado que lo ha puesto nervioso y lo ve estirándose en un árbol.

Han pasado apenas instantes desde que revisó su teléfono y cuando su mirada se dirigía hacia el deportista, la novia y su equipo lo atajaron y con sendos abrazos se despidieron. El asistente de Ignacio le indica que están listos para partir mientras a la distancia el corredor delicadamente le saluda con la mano.

El atardecer rápidamente se posa en esta latitud y baña con tonos naranjas y violetas el entorno. La bahía se torna una cacofonía de colores y un espectáculo inolvidable. El nerviosismo de Ignacio no lo dejaba ver que ese sitio era conocido por él. A pesar de la mezcla de emociones que se refugia en su piel, despacha a su asistente y tomando su bolso decide indagar que se esconde detrás del acecho del deportista.

Con un nudo en el estómago, alcanza el punto en que está siendo esperado. El corazón empieza a latir más fuerte cuando nota al desconocido aguardando de espaldas observando los colores que le regala el cielo. Un par de copas y una botella con condensación de vino blanco se proyectan de la mano de este extraño conocido. Detrás de la gorra y los lentes oscuros el desconocido esconde al dueño de sus suspiros.

– No recordabas este lugar, ¿cierto? Dijo Augusto con voz profunda.
– Realmente no. ¿Cómo te acordaste? Comentó Ignacio, observando el mar de colores.
– Nunca lo he olvidado. Oye, las fotos quedarán hermosas. Era difícil verte sin mirarte. Te ves muy guapo cuando tienes la cámara. Le dijo girando la cara hacia él.
– Me asusté mucho al ver el teléfono Augusto. Dijo Ignacio con tono preocupado.
– Lo lamento, pero necesitabas tu momento y yo el mío, en especial cuando vi que la sesión sería aquí. Señaló Augusto con notas de arrepentimiento en su voz.
– Entiendo, pero igual me debes una pizza por el susto. Puntualizó Ignacio.
– Todas las que quieras. Tienes mi vida entera. Indicó Augusto mientras le entregaba una copa y esbozaba una sonrisa.
– ¿El chico del voleibol? Preguntó Ignacio.
– Nuestro. No ibas a estar solo. Menos ahora que estamos tan cerca. Dijo Ignacio llenando las copas.
– Entiendo. Acepta Ignacio y choca su copa con la de Augusto.
– Ignacio, el compromiso que hicimos aquí se mantiene. Ganaremos las elecciones, seremos parte del cambio que queremos en el mundo y eliminaremos a… Comenta de forma emocionada Augusto hasta ser interrumpido por los dedos de Ignacio en sus labios.
– Disfruta el momento. Ambos sabemos que prometimos. Indicó el fotógrafo mientras subía la copa a su boca.

El idilio de colores y formas abraza el momento en que se reafirma el compromiso.  Entretanto, en el mismo jardín un escritor con aliento a Nutella evalúa cuál será el siguiente paso en su misión y un miembro del equipo sin franela que juega voleibol capta todos los detalles para transmitírselos a su jefa.

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