Azucenas

Un par de furgonetas avanzan como corsarios el tráfico de la ciudad desde el distrito de artistas. Gemelos automotores en caravana provenientes del mismo taller de hacedores de sueños se dirigen a una idéntica locación. En la primera se va tarareando, en la segunda el silencio es diluido por la cacofonía de los diferentes elementos mecánicos entre amortiguación y combustión.

El tránsito está pesado este sábado por la tarde. Aún hay tiempo en el programa para el trabajo a realizar. A partir de formar parte de la organización, el primer conductor ha conocido la importancia del manejo de los tiempos de entrega y del valor emocional de fallos en su carga.

La parada en el siguiente semáforo le permite saludar por el retrovisor al nuevo chofer. Al notar que el conductor se encuentra revisando su celular duda nuevamente si era acertado que la carga más delicada y emblemática no fuese transportada por él. Un azar del equipo de preparación ubicó las diferentes piezas horneadas en la otra van. Debido a la fragilidad, no había oportunidad de cambiar las cargas y no se podía realizar el enroque de conductores ya que su rodilla no le permitía presionar el embrague. Esa es la razón, de que, a pesar de su destreza, le tocase conducir el navío repleto de delicadas azucenas dirigido a enfatizar la elegancia de esa boda al atardecer mientras que el novato guiase la torta nupcial para su ensamblaje.

Doce calles adelante, un despeinado caballero de ojos esmeralda y mirada errática alisa con sus manos la réplica del uniforme de chofer de furgoneta que carga puesto para sustituir al conductor experimentado y hacerse cargo del traslado de esas suntuosas flores a una boda donde ejecutará la última instrucción de la abuela. Este enigmático sicario revisa la señal de posicionamiento enviada por su compañero que conduce la segunda van mientras tantea el fusil de asalto que reposa ataviado en el estuche de una guitarra a su lado. A la vez, una jeringa en su bolsillo se encuentra repleta de un fármaco diseñado para noquear hasta el más guapo de los combatientes. Este encuentro le permitirá salir a pasear a su monstro interior ávido de disfrutar terrorífica violencia, así como el saldar la deuda que le permitió esquivar los cargos de terrorismo producto del delicioso episodio del avión.

El camino continúa desplegando el paisaje citadino entretanto las azucenas se pasean en la refrigeración incidental del compartimiento de carga. Los brotes suntuosos apenas perciben cuando se detiene el vehículo y su guía es arrastrado del asiento por el cuello con la ayuda de un arma de guerra lista para accionar por un psicópata encantador. Un pinchazo en el cuello con un rápido movimiento deposita el líquido cristalino en el torrente sanguíneo, sin dar oportunidad de un grito de alarma. Pacientemente el segundo conductor espera para reanudar la tarea de transporte mancomunado.

Las hermosas flores permanecen destilando frescura en sus diferentes contenedores ajenas de la masacre de la que serán parte, al igual que un par de conductores que desconocen que forman parte de un plan mayor en que unas capas de chocolate del pastel de bodas arropan suficientes explosivos para afianzar la supresión de una red de frutas podridas.

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