Langostas

Apiladas a la espera de una muerte humanitaria, se encuentran cautivas las diosas contempladas por la imaginación de una reconocida estrella del catering para el plato principal. A simple vista, la pequeña cocina instalada parece un pandemónium, pero una delicada danza emerge del bullicio de la preparación.

Un selecto grupo de comensales serán deleitados en la exclusiva celebración. Todo el trabajo ejecutado previamente por el equipo se encuentra contenido en envases plásticos expectantes del alerta del inicio de la ceremonia. Un ambiente de camaradería y concentración se desarrolla entre el equipo de la cocina y los del servicio de las mesas.

El diseño del menú de ensueño abarca la sensualidad de degustación del bife Wellington y los raviolis de frutos del mar, que serán coronados con los crustáceos espectadores desde el borde de esa cava de polietileno.

Flotando en la atmósfera culinaria se percibe nerviosismo del equipo cuando el marcador digital proyecta treinta minutos de retraso al inicio más tardío proyectado de la fiesta eclesiástica. Aún no se tiene señal de arrancar los fogones y los temas de conversación se han agotado.

Torta y flores han ocupado sus espacios rápidamente de las manos de un tosco y poco experimentado par, los cuales más que especialistas parecían miembros élite insurgentes. Las azucenas posicionadas a lo largo de la terraza regalan un tenue aroma que caprichosamente se mezcla con los sazones en espera, imprimiendo suntuosidad al espacio y enmarcando la tensión reinante producto del retraso.

Durante toda la fase de preparación, la directora de esta orquesta ha sido muy enfática en el manejo de esas langostas especiales, encargándose ella misma de su traslado y resguardo. Su equipo conoce de su apasionamiento con los materiales pero este nuevo nivel les impresiona. Ella está tensa, todos asumen que se debe a que se espera un increíble desempeño por parte de la cocina en este evento.

Debido al peso en los hombros de la chef requiere de un momento a solas y un poco de espacio para respirar. A pesar de todo su entrenamiento, odia el tener que esperar. Se asoma a ver la bahía e inhalando con fuerza trata de alejar la sensación de que algo no está bien. Volviendo a la cocina, nota que las furgonetas de las flores y torta no han dejado el lugar habiendo terminado la instalación abruptamente hace más de una hora.

Decide acercarse lentamente a los vehículos mientras tantea el arma que reposa bajo su filipina. Un zumbido la saca de la concentración mientras aflora en la pantalla la cara de la coordinadora de la boda que necesita informarle que tras una hora de espera, aún el novio no llega a la iglesia.

Desviando su mirada para tomar la llamada, comete un error de novato que impide ver qué desde la ventana de la van salen dos electrodos dirigidos a paralizarla con una carga eléctrica.

Durante la caída al piso de madera, un único pensamiento domina sus sensaciones, espera que las langostas contaminadas no sean liberadas o probadas por sus ayudantes.

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