Lápida

La luz que se refleja en las lápidas de dos siglos de antigüedad muestran los embates del tiempo sobre las piedras desgastadas. Un lugar particular se presenta como escenario para un encuentro necesario. La cita acordada para esta tarde otoñal se preparó apenas tres días después de la planteada para la celebración eclesiástica no concretada.

Ambas damas se acercan al punto definido. Un apellido en común grabado en granito se erige como marco de desenlace a una disputa que se ha ido de las manos y que ha adquirido tonos de ira exaltada.

El parecido se hace evidente cuando ambas mujeres se detienen lado a lado. El cabello rubio libre al viento de la más joven se contrapone al grisáceo corto de la dama mayor, sin embargo los gestos comunes y el peso de la presencia denota el vínculo que las arropa. Incluso la similitud se extiende a la ofrenda floral que cada una trae.

Sin expresar palabra alguna, ambas reposan las magnolias sobre las ruinas.

– Él estaría orgulloso de ver en que te has convertido, aunque odiase el verte rubia. Repuso la dama mayor sin girar la cara a su acompañante.
Cierto, así como estoy segura de que odiaría tu cabello tan corto. Particularmente, a mí me gusta. Comentó la joven removiendo los lentes oscuros que escondían unos ojos avellana.
Has jugado fantástico, me has impresionado con el ataque al novio. Sin hablar del engaño al escritor. Dijo la señora esbozando una estoica sonrisa.
Igual tú, nunca te pensé capaz de orquestar un plan tan macabro como envenenar tu plato favorito. Fue gallardo hasta para ti. Comentó la rubia.

Una brisa sedosa peina el espacio entre ambas y borra el silencio que se ha erigido mientras ambas se escrutan sin decoro.

No negaré que me sorprendió tu llamada. No te creí capaz de bajar la guardia. Comenta la joven en tono altivo.
Siempre has sido especialista en sacar conclusiones apresuradas. No creas que no cumpliré mi promesa. Dijo la señora.
– Y bien, entonces ¿qué hacemos aquí? ¿Para qué este encuentro?, no creas que no cumpliré mi promesa. Espero estar en este mismo lugar colocando tus cenizas, querida Madre. Dijo la joven esbozando una sonrisa entre dientes alimentada por la sed de venganza.
–  Cariño, eres idéntica a tu padre, tan sacada de una telenovela. Tras tus arrebatos es sencillo entender la razón por la que sigo al mando de todo, comenta la abuela sin dejar de caminar. Es simple el objetivo de esta reunión. Existe un enemigo más fuerte que requiere ser eliminado y no puedo con ello si te sigo escuchando ladrando en mi regazo. Dijo vehemente la elegante señora.
– ¿A qué te refieres? Otro… Dijo la joven rubia.

De forma imprevista, un primer disparo rozó la oreja izquierda e interrumpió abruptamente el movimiento decadente de la rubia. Sin saber que pasaba en esta realidad, levantó su mano hasta el lóbulo ensangrentado mientras miraba como un gran punto granate se ensanchaba en el costado izquierdo de la abuela, su propia madre.

Un par de copas se chocan levantadas por dos manos masculinas distinguían el brindis en una terraza de ensueño una vez recibida la señal de que la tarea fue ejecutada. Las historias siempre terminan con una caída de telón, con el final los buenos relativos y malos atrevidos desenfundan el cierre de un ciclo, en especial de la ganancia del mejor postor.

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