Lavamanos

Dos gotas. Ahora son tres. Extraña aparición sobre la porcelana blanca.

Me veo las manos ocupadas, la navaja de afeitar en la mano derecha y residuos del gel formador de espuma en la izquierda. Aún no he empezado a afeitarme, por lo que estoy claro de no ser responsable de una mala pirueta y de provocar estas manchas.

Otra gota más se une a las anteriores. Esta última un poco más grade y con mayor poder de salpicadura. Es fascinante como destaca el carmesí intenso sobre tanta blancura.
Levanto la vista hasta el espejo para ubicar mi reflejo, el vapor de la ducha oculta la visión de mis nuevas líneas de expresión y de las aún más novedosas pequeñas canas en las sienes. Esas heridas de batalla que denotan el paso del tiempo son ineludibles hasta para un miembro élite como yo.
Logro enjuagarme las manos y puedo observar en la superficie del espiral formado por el agua hacia el desagüe, pequeños hilos de color rojo se entremezclan con la turbidez dejada por la dilución de la espuma de afeitar.

Giro hacia el techo, no quiero tener una sorpresa con que mi vecina del piso de arriba este desangrándose hace horas y yo no supiese. Nada muestra que las gotas vengan de una altura superior a 2 metros, conocimiento táctico básico de entrenamiento.

Ya voy retrasado. El cronograma esta apretado y perfectamente calculado. Me siento ligeramente congestionado y sé que he empezado a sudar. Siento como las gotas de sudor se aglutinan en mi frente. Debo calmarme, no he sudado en esta intensidad desde el momento en que le pedí la mano en frente de casi tres decenas de extraños en la cola del detector del aeropuerto.
Estoy un tanto mareado pero debo apurarme, debe ser el hambre o tal vez los nervios. Intento tomar la afeitadora y veo que el patrón de manchas se acentúa profanando la inmaculada película transparente que ha dejado el agua.

Debo secarme el sudor de la cara y poder entender que esta pasando. Solo hay una sola toalla en este baño tan finamente estructurado y está amarrada a mi cintura. La desanudo para retirar el vapor del espejo. Con una sola pasada de mi mano enfundada en la tela absorbente, logro desdibujar una franja que me muestra una imagen parcial de mi rostro.

El mareo se hace más fuerte, me siento un poco aturdido.

Inmediatamente a pesar de no tener una imagen nítida de mi cara, pude observar un hilo grueso de sangre saliendo de mi narina derecha dejando un surco sobre la espuma de afeitar. El misterio del origen de la sangre está resuelto.

El único problema es que ahora no puedo ni moverme. Un sabor metálico impregna mi boca. Mis pupilas gritan que el desmayo se acerca.

El control de codos y rodillas está ausente y se une a párpados muy pesados. Apenas hace cuarenta segundos iba a empezar a afeitarme. Mi entereza no resiste y el desvanecimiento domina la escena.
Todo se ha oscurecido y caigo. En el trayecto de caída, pego la frente del lavamanos y un pequeño surco de sangre ahora deriva de la fisura del impacto. Totalmente noqueado me encuentro tirado en el piso del baño aunque aún consciente. Ojala no empiecen la boda sin mí, quizás no se note que el novio no está presente. No debí haberme impuesto en que me dejaran solo para vestirme este día, el día de mi boda.

Tirado en la superficie helada del piso percibo como el sudor y la sangre de mi frente se unen en sincronía. No puedo dejar de pensar que el sudor inició el camino a la boda y ahora igual forma parte del posible final.

Antes de alejarme completamente a un lugar del que quizás no vuelva, varias instantáneas pasan por mis pensamientos y me permiten conjeturar cual fue la sustancia usada de ocasionar mí salida del juego. Algo que no cabe duda es que el emporio criminal de la abuela dejó su marca de terror en la responsabilidad de esto.

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