Nutella

Esta sala de espera se ha convertido en habitual. No lo vi venir, no estoy claro en que momento me convertí en uno de mis personajes. Irreal pero cierto.

Otro día más me encuentro sentado en el mismo banco donde todo empezó. Es el único momento en que me conecto con mis diferentes Yo y logro recordar quien realmente soy y el por qué estoy aquí. En este asiento con particular ángulo que me deja ver el estante de Nutella, es dónde el llamado me alcanza y es el único punto donde se conecta todas mis experiencias.

Todo era tan ingenuo al principio, lleno de fascinación e inspiración para mis obras. Por eso es que me enganché, nada es tan adictivo como el combustible de tus musas. Sin embargo, ya se ha ido todo de mis manos pero estoy tan metido en la operación, que no sé cómo salir de esto y para ser sinceros, no sé si quiero hacerlo.

De ser un desdichado escritor, siendo la única compañía que lo esperaba en su apartamento el dudoso contenido de un cartón de leche expirada, ahora me he convertido en un ejecutor de tareas de dudosa ética, aquí sentado esperando la siguiente huella.

Gracias a esta tienda las conocí a las dos, bajo el mismo modus operandi, pasaron enfrente, vieron las botellas de crema de chocolate y avellanas y decidieron seguir de largo, dándome la excusa perfecta para acercarme y ofrecerles una porción mínima para cuidar sus figuras. De ahí nació un café y con fervor luego una relación. Por eso del mismo anaquel siempre he tomado los tarros que llevo a ambas casas. Este es el epicentro de mis mentiras, ese lugar donde descubrí que para crear historias debía vivirlas.

Entretanto espero el encuentro, he aprendido a observar y me dedico a dibujar por unos minutos la historia de cada transeúnte. Una idea roza mi mente: ¿Que se oculta en los dobleces de tu alma cuando no hay nadie presente?, así he logrado quebrar esa barrera y crear novelas que vuelven adicto a los lectores.

Hay algo mágico en detallar a todos los que llegan y aún más a los que se van pero en especial a todos aquellos que se detienen en el aparador repleto de nutella. No sientan culpa, yo soy asiduo comprador y a la mañana siguiente a cada viaje, son disfrutados en compañía unas panquecas especiales, que intentan borrar la culpa de estar en una de mis dos camas mientras la otra me espera aun tibia.

La amplitud del lugar deja recrearse con hermosas historias y fascinantes figuras como la de esa pareja de recién comprometidos en la que ella no baja la mano anillada y el aún posee marcas de sudor en su franela o la de aquella dupla de caballeros que se ven tan enamorados aunque uno de ellos sienta miedo de agarrarle la mano a su compañero. Pero mi atención es secuestrada por una deslumbrante rubia que gira su mirada a los envases de la repisa y que con un cadencioso movimiento de caderas logran desviar el interés de unos pies pintorescos enfundados en pequeños tacones.

Tan absorto estoy con el danzar sobre el piso brillante de esa hermosa dueña de pasarela que apenas noto cuando el espacio libre en el banco que ocupo, es tomado por una encorvada abuela que me mira y sonríe. De una bien cuidada bolsa floreada de tela, la delicada dama saca un sobre blanco, que para mi sorpresa, acerca a mis manos. Me concentro en lo que esos ojos penetrantes refugiados detrás de multifocales expresan, no siendo la compasión que esperaría de una dulce nana. He entendido claramente que ella es la cita que esperaba.

Sin decir una palabra, con un rictus de sonrisa se levanta del asiento y gira hacia mí dándome una bendición. Tras ese inesperado y silencioso encuentro, la viejita se aleja decididamente. Veo hacia mis manos y el sobre reposa en ellas. Extrañado del mensajero de este encuentro, detallo hacia los lados si hay alguien observándome. Apenas un chico despeinado está cerca, detenido ante la pared de frascos de letras café y roja, dándome la espalda. Con delicadeza abro el sobre cerrado que tiene solo por señal mi nombre impreso.

El contenido me intriga, siendo quizás el más críptico de todos los que he recibido. Una píldora minúscula y un extracto de tiquete de abordaje que denota un número de asiento a cuatro filas del puesto que tengo asignado en el mismo vuelo.

Un llamado a los pasajeros me alerta que llego el momento de comprar la Nutella respectiva e ir a la puerta de embarque necesaria. Camino a la tienda me deshago del sobre y sonrío como un verdadero adicto al chocolate y a lo desconocido.

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