Pósit

El reflejo en el espejo muestra una mujer de sencilla pero de cuidada hermosura. En un país de sirenas andantes producto de la mezcla de inmigrantes europeos y nativos caribeños, es fácil encontrar belleza al voltear la mirada pero sus rasgos y personalidad hacen que ella sea especial, de ese grupo de féminas que donde se encuentren, no pasan desapercibidas.

La iluminación es increíble para ser un baño de aeropuerto. Al ver su reflejo en el espejo no puede dejar de esbozar una sonrisa, mezcla de satisfacción y encantamiento. Evalúa los pequeños daños en su maquillaje y sabe que necesita retocar los pocos detalles que han sido afectados producto de sus emociones y el momento maravilloso que ha vivido hace apenas unos minutos.

Revisa su cartera y saca un estuche compacto ordenado quirúrgicamente con diferentes productos en su mayoría costosos por ser de diseñador y de alta calidad. Lápices, labiales, correctores, esponjas, brochas. Un artilugio de materiales y herramientas que desde niña se ha convertido en su afición y en algunos casos en un rentable pasatiempo que se entremezcla con su profesión.

El gesto repetido de revisar su set de maquillaje, la lleva a esos momentos de su niñez cuando enfrente de una pequeña peinadora plástica jugaba con sombras coloridas y creaba historias en la que no era una princesa sino una espía. Sus padres reían pero les preocupaba un poco semejante mezcla, ya que la lista de Navidad incluía un set de sombras escarchadas y una 9 mm plástica por supuesto rosada.

Ese recuerdo hace que sus ojos brillen recordando su infancia y el cómo construía historias junto con su mejor amigo. Ese gordito pintoresco de sentimientos sinceros al que le perdió la pista en la adolescencia y apenas reencontró hasta hace un par de años detrás de una cerveza en la barra de ese pequeño bar concurrido del Upper West Side.

Segundos se le escapan de las manos concentrada en el destello de felicidad atrapado en el brillo de sus iris color miel reflectados en el área de lavabos de esta sala de sanitarios. Mientras selecciona el color exacto para retocar sus pestañas, una pequeña nota doblada en un pósit amarillo resaltaba en su minucioso acople. Los hilos del tiempo se detuvieron y el corazón le latía frenéticamente al desdoblar ese pequeño cuadrado. En el centro de esas marcas de dobleces un sencillo pero poderoso te amo resaltaba con la caligrafía conocida de ese guapo sudado que le esperaba afuera con el equipaje de mano de ambos. Absorta cierra el cuadrado de papel y fijamente mira el anillo recién estrenado en su dedo anular. Ese sencillo y permanente amigo era el culpable de que sea necesario retocarse el maquillaje luego que hace minutos le pidiese matrimonio en frente de demasiados desconocidos.

Un pequeño toque en su brazo quebró su concentración. Una encorvada abuela entrecierra sus arrugadas pero suaves manos entre la suya joven y enjoyada en un gesto de cariñosa bendición. Al conectar su mirada con los ojos de esta dulce señora, siente como un trozo de papel es deslizado y colocado con destreza en su palma.

La canosa dama se aleja con una sonrisa dulzona y en el acto, una rubia de revista toma el lugar previamente ocupado al lado de ella frente al lavamanos. Le regala una sonrisa discreta que se amplía a luna llena al ver el anillo. Con sigilo traspasa esa nota a la otra mano, desapareciéndola en el bolsillo trasero de su bermuda y así del alcance de su nueva compañera a la que agradece efusivamente sus buenos deseos para terminar la labor de retocar los pigmentos de sus ojos.

Al quedar sola ante el resplandor de su cara retocada, abre la pequeña hoja blanca otorgada en ese apretón de manos. Un segmento de tiquete de abordaje, indicando el asiento del receptor de la siguiente etapa del plan. Guardando todos los instrumentos y colores con orden pero soltura en su bolso, revisó su impecable imagen nuevamente, pero en su sonrisa denotaba que un modo diferente de comportamiento había sido activado.

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