Sobrevuelo

Las ciudades se ven hermosas desde las alturas. Un conjunto de pequeños bloques arreglados artísticamente agrupan un conjunto de caracteres y sus ilusiones. Inocentes y culpables se agrupan con valentía en la cotidianidad de esas manchas multicolores vistas desde el cielo.

Desde la cabina de un avión la visión del mundo es embriagante. El azul y el brillo que rodea el fuselaje se une con el abrazo de una capital global que abre sus entrañas reclamando el aterrizaje retrasado de un navío aéreo.

Mientras que la vida citadina se lleva de acuerdo a lo planeado, en la parte baja de la troposfera el capitán de la aeronave cumple a cabalidad la orden criptica impartida desde la torre de control de mantener un sobrevuelo sobre la megalópolis, bajo el comando de conservar la calma en los pasajeros ávidos de explicación por el retraso. Desde las ventanillas se observa repetidamente la misma silueta geográfica, por lo que los entrenados tripulantes saben que existe algo alejado de la normalidad.

El piloto comunica a la sobrecargo de vuelo la instrucción recibida. Sin alterar su expresión facial, ésta joven pero experimentada ex miss notifica a las demás tripulantes lo crítico de la situación y tras proyectar calma en su dicción, transmite la noticia usando las palabras clave aprendidas esperando que sus compañeras recuerden el significado de las mismas.

En la pista de aterrizaje, un frenesí de autoridades es conflictivamente manejado. Seguridad aeroportuaria solo puede cruzarse de manos entretanto el comando antidrogas y el bureau de seguridad nacional coordinan estrategias de acción para la captura de la peor zar de drogas que ha conocido el continente. Una pista anónima ha indicado que una despampanante rubia narcotraficante arribará en una plaza específica del avión comercial que ha sido obligado a sobrevuelo. El alerta se esparce como una gripe en el aeropuerto paralizando las operaciones y motivando a todos a agolparse en los ventanales ante el susurro de lo que podría ocurrir cuando arribe la aeronave.

Ajenos a la exaltación que se gesta en la instalación de tráfico aéreo, en unos asientos equivocados, una rubia inocente mira absorta por la ventana y un despeinado caballero de ojos esmeralda agradece los momentos oscuros de su vida, en especial aquellos que le hacen sentir vivo como el que tiene planeado disfrutar en este vuelo. Este extraño personaje ha aprendido a conocerse y a diferenciarse de otros, ya que sus conductas antisociales sólo se centran en dosificar el pánico. Con el cinturón aun amarrado, el enigmático sicario que ama ver el brillo especial en el iris de sus víctimas cuando el miedo les inyecta adrenalina, detecta el cambio de señas entre las tripulantes de cabina que con una sonrisa fingida le examinan sin descaro.

La mirada cadenciosa de la sobrecargo es la señal que indicaba la instrucción para esta asignación. Ha llegado el momento de dejar salir a pasear a su encantador monstro interior desde el lugar oscuro y complejo de su alma marchita, saciando así su necesidad de terror que motiva la andanza este día.  Con el tiempo ha aprendido a canalizar esos periodos nefastos y convertirlos en producción prolífica convirtiéndose en el favorito de la abuela para este tipo de trabajos.

Brincando al centro del pasillo, solo necesita levantar un poco la voz entre el murmullo de los demás pasajeros. Disfruta el momento en que son ahogados gritos a la vez que señala un detonador recién extraído de su chaqueta.

El vuelo comercial continua el sobrevuelo mientras en la cara de personajes conocidos se imprime muecas de pavor. Un plan finamente orquestado se ha salido de control producto de que un caramelo rosado no fue entregado al destinatario acordado y un paro cardíaco que acabaría con el eslabón suelto de un emporio asqueroso no sucederá. Lo único claro es que el resultado de los sucesos de lo que pase con este vuelo será transmitido en directo simultáneamente alrededor del mundo.

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