Sudor

Pequeñas perlas de sudor que se aglutinan en mi frente. Gotas inesperadas que se condensan desde mis poros y de manera sutil se deslizan por mi cara e inundan mi pecho y espalda. Una manifestación física que demuestra que estoy aterrado. Sumamente nervioso. Exponerme a esta situación, no es fácil. Todo mi cuerpo lo sabe aunque haya sido preparado para ocultarlo.

Ella siente algo. La intuición femenina siempre será uno de los elementos más importantes que nos separan a los hombres de ese maravilloso género. Ella sabe, algo me pasa, pero en su infinita conexión conmigo, decide ignorarlo, de la misma forma que está segura de que no soy un empleado público sencillo.

Mi angustia se arremolina en mi pecho como si de un huracán se tratase. Mi ritmo cardiaco sube, siento el latir de mi corazón reflejado en mis tímpanos y percibo como el rubor de mi cara se une a la transpiración de mis palmas.

Por su percepción extrasensorial y con una ligera mirada inquisitiva sabe que las manchas del sudor en mi franela muestran que estoy realmente asustado. Asume que mi reacción es por la poca confianza que le tengo a los aviones y se agudiza con esa justificada alerta terrorista nivel cuatro en los aeropuertos.

Mi ceño fruncido y mi pecho sobresaltado expresa que no quiero pasar por ese punto de control. Por un error de cálculo, ese detector me dejará expuesto. Ya no hay vuelta atrás. Evalúo el escenario y la posibilidad de salir de la línea e ir al baño a reposicionar la carga. Es demasiado tarde, no tengo donde ubicarla. Al rescindir del equipaje de mano perdí el foco y he cometido el error de traer la pequeña caja en mi bolsillo.

Ella me toma la mano y me sonríe, en un plácido gesto de compromiso para conmigo me dice: Te amo gordo, todo saldrá bien. Me reconforta con una dulce caricia en el lado izquierdo de mi cara, mientras el sudor de mis muslos empieza a empapar mis bermudas.

Todo mi plan se verá arruinado en segundos y eso me mortifica. Un plan de meses se vendrá abajo por un simple mal cálculo. El amplio entrenamiento y preparación a la que he sido sometido como miembro élite será destruido por mi sistema nervioso simpático. La excitación en mis glándulas sudoríparas no pudo ser bloqueada a pesar del alto conocimiento de operaciones clandestinas.

El oficial que opera la máquina, sabe que algo me pasa, lo leo en sus ojos entrenados. Entre animales iguales nos reconocemos. Me escrudiña a la distancia. Un joven despeinado y una enamorada pareja de caballeros nos separan del momento crítico. La mueca sutil que ahora dibuja la sonrisa del agente se entremezcla con el par de milímetros que sus cejas se han elevado al verme. El olfatea el terror y sabe que algo me traigo entre manos. Cadenciosamente nos acercamos a los rayos x.

Ella mete todo en esa caja de plástico que pasará por el detector. Se aguanta de mí mientras se quita los zapatos y me guiñe un ojo. Yo con un gesto niego el uso del contenedor, manteniendo la carga adherida a mi muslo derecho, cercano al marco del portal infrarrojo de la máquina. Con la cabeza en alto, decido someterme al examen. Como era de esperarse, soy rechazado.

El encargado del escáner me instiga a que desocupe el contenido de mis bolsillos. La misión ha caído en desgracia, deberé sacar ese cubo aterciopelado que contiene la joya, con la que pienso sellar el compromiso de que sea mi esposa.

Luego de un sinfín de momentos durante un fin de semana de vacaciones y en contra de lo planeado ha llegado el instante preciso. Decido acabar con este suplicio. Y con la mirada extrañada de más de dos docenas de personas, me arrodillo sobre mi pierna derecha y me dirijo hacia ella.

Durante el beso más profundo que he disfrutado con ella en mis brazos, siento como se constriñen mis vasos capilares, señal inequívoca que el sudor no empañara este momento feliz.

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