Ventana

Su imagen reflejada en la ventana le limita el disfrutar completamente de la hermosa coreografía preparatoria que se ejecuta en la pista mientras sus pensamientos la alejan del movimiento en ebullición de la cabina.

No esperaba verse en esta situación, sentada en un avión con rumbo a un nuevo destino que borrase de inmediato los errores recién cometidos y la salvase de cometer un giro irremediable en los planes. Apostó y no solo no ganó, sino que peligrosamente su corazón la hizo confiar y poner en riesgo todo. Enamorarse no está permitido cuando se busca venganza.

Los cristales de los lentes seleccionados para cambiar su apariencia en comunión con una recién estrenada melena rubia, le permiten disimular lo que sus ojos exudan, una mezcla de desolación y determinación. Saliendo del trance en que estaba mirando sin ver a través de la ventana, decide reducir el peso de los bolsillos de su blazer antes de ajustar su cinturón, extrayendo un pasaporte que indicaba su nueva identidad.

El segmento de tiquete de abordaje que acaba de mostrar se desliza de una de las hojas de ese instrumento de recién adquirida nacionalidad, lo toma y observa el número de asiento. Absorta en sus pensamientos de culpa no notó que al sentarse se saltó una fila separándose de su verdadera butaca. Se levanta dispuesta a enmendar el error y se acerca al caballero despeinado que ocupa su puesto real.

Un par de ojos de color esperanza pero ahogados en desasosiego e ira la escrutan indicándole que no hay problema en que se mantenga en el asiento equivocado. Una parte de ella quería cambiar a su locación asignada pero toda la energía en el trasfondo de la mirada del caballero le indicó que era mejor no intentar el intercambio. Pudo reconocer el odio en la mirada pues tenía demasiadas lunas viéndola en la suya.

De vuelta en el asiento erróneo, decide olvidar el suceso y le dedica una sonrisa al aleatorio compañero de viaje que destila sensualidad entremezclado con intriga. Al sentarse le ofrece chocolate a lo que ella declina delicadamente con la mano. Con picardía el caballero no aceptará un no como respuesta y le muestra unos caramelos rosados regalándole un “sin azúcar”. Agradecida toma la pieza de golosina y con un rápido movimiento de prestidigitador aprovecha el cambio de mirada del vecino por el inicio de las instrucciones de emergencia, para colocar en su bolsillo la pequeña ofrenda mientras la máxima de su padre resonaba en la cabeza recordando que no debía aceptarse nada de extraños.

Par de horas la alejan del nuevo destino en la que el corazón roto valdrá la pena cuando sienta en sus manos el último respiro de una abuela que merece desde hace mucho la muerte.

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